Termino de leer Alabama song, de Gilles Leroy, con una sensación agridulce que no me pilla por sorpresa. Desde Hermosos y malditos imaginé durante años el halo brillante y decadente que rodeaba a F. Scott Fitzgerald y a Zelda Sayre, en noches de jazz y ginebra. Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia, dijo el autor de El Gran Gatsby. Nunca supe si Zelda estuvo a su sombra, o si lo fué. No he despejado tantas dudas. La envídia me sobrevino cuando entendí que ellos retroalimentaron su propio fracaso. Hermoso y maldito amor.